El musical de Bob Dylan lleva sus canciones a la Minnesota de la Gran Depresión

Cae la tarde del sábado y estamos en el curioso teatro Old Vic, abierto en 1818 en la orilla sur del Támesis, a poco más de diez minutos de caminata desde la noria. El venerable recinto ha tenido muchos altibajos en su larga historia. En 1998 llegó a estar desahuciado y en venta. Lo salvó un maravilloso actor de Hollywood, Kevin Spacey, que entre 2003 y 2015 fue su director artístico y le devolvió eco y prestigio. Esta noche sus 1.067 butacas están ocupadas con una curiosa mezcla de público, sin término medio: mucha gente en la primera treintena y también bastantes setentones. El reclamo es el estreno mundial de «Girl from the North Country», el segundo intento de armar un musical con el excepcional cancionero de Bob Dylan y con su bendición (la primera prueba, «The-times-they-are-a-changin», en 2006, fue un sonado castañazo en Broadway, donde cerró a las tres semanas).

Esta vez todo parece discurrir mejor. Tras dos horas largas de función, caen buenos aplausos, aunque ya saliendo a la calle se le escucha a una espectadora veterana un comentario que habrá flotado en muchas cabezas: «Me ha gustado, pero las canciones no son lo mismo sin la voz de Dylan». Una objeción rebatible (sobre todo si hablamos de la cazallera garganta del Bob actual de 76 años). Algunas piezas, sobre todo las que interpretan dos jóvenes y resolutivas actrices negras, cobran una inesperada profundidad musical en sus voces y arropadas solo por instrumentos acústicos.

«Esto no es una recopilación de grandes éxitos o el clásico taquillazo del West End, donde las canciones cuentan la trama».Connor McPherson, director de la obra

El dramaturgo irlandés que ha escrito la obra, ambientada en 1934 en el pueblo natal de Dylan, Duluth (Minnesota), en pleno dolor de la Gran Depresión, ha exigido que no se emplee ningún instrumento que no existiese por entonces. La música corre a cargo de cuatro instrumentistas, situados en la penumbra del fondo del escenario: guitarra, violín y mandolina, contrabajo, y piano y armonio. Una batería en una esquina, ocasionalmente tocada por los propios actores, completa algunas canciones. El propio autor de la restricción reconoce que ha añorado la «steel guitar» y el órgano Hammond, tan distintivos en el punzante Dylan eléctrico de finales de los sesenta.

El dublinés Connor McPherson, de 45 años, dramaturgo, guionista y puntual director de cine, es el autor de la obra, por encargo directo de Dylan, y se ha venido cuidando de hacer una advertencia: «Esto no es una recopilación de grandes éxitos o el clásico taquillazo del West End, donde las canciones cuentan la trama. Es una conversación entre las canciones y la historia. Hemos tratado de meter al público en el alma de Dylan».

En 1997, con solo 25 años, McPherson dio la campanada en el West End londinense con la obra «The weir», cuentos de fantasmas irlandeses. Polifacético, acaba de emitirse en la BBC un competente thriller de psicópatas, «Paula», que lleva su firma. Aunque es muy aficionado a la música, no se trataba de un gran fan de Dylan, de quien poseía «cuatro o cinco discos». Hace cuatro años recibió una sorprendente llamada de Jeff Rosen, el manager de siempre del hoy premio Nobel. Le propuso en su nombre montar una obra teatral con sus canciones.

Una obra ambientada en la Gran Depresión

McPherson se quedó bloqueado y estuvo a punto de rechazar la propuesta, porque no se le ocurría como abordarla sin caer en el topicazo. A final tuvo una epifanía paseando por Dublín, donde vive: «Vi a gente encerrada en una casa y pensé: ¿Qué pasa si es en la Gran Depresión, en 1934, cuando muchos no tenían ni un techo dónde vivir? Podía hacer una obra de época, algo un poco a lo Eugene O’Neill, que pudiese soportar el peso de la expectación que suscitan esas canciones. Una obra sobre todo y sobre nada».

El dramaturgo envió un correo electrónico con su propuesta y recibió contestación inmediata: «A Bob realmente le gusta la idea y quiere que sigas adelante». A la semana llegó a su domicilio un paquete con una cuarentena de cedés, todos los discos de Dylan, y una nota donde se le decía que dispusiese de las canciones que quisiese y como desease.

¿Acudirá algún día el genio a ver los resultados de cuatro años de trabajos? En la noche del estreno estaba actuando en Detroit, dentro de su Gira Interminable. El dramaturgo recuerda que estamos hablando de un divo raro, que no se molestó ni en recoger el Nobel de Literatura. «Si viene será por una puerta de atrás y ni nos enteraremos…».

La obra se ambienta en una pensión de Duluth, por la que desfila una docena larga de personajes. Todo es, en efecto, muy a lo Eugene O’Neill / Arthur Miller. Nick, el dueño de la fonda, está hipotecado hasta las cejas. Su mujer, Elizabeth, totalmente demenciada, lo que le otorga una rara libertad, lúcida a su modo y con salidas que a ratos arrancan risas al respetable. Su hijo es un borrachín que quiere ser escritor. Tienen también una hija adoptiva, una chica negra, embarazada no se sabe de quién. Aparece un boxeador que quiere retornar tras haber sufrido una injusta pena de cárcel (pretexto claro para que se cante «Hurricane»), un vendedor de Biblias, profeta a la vez de Dios y del diablo, un médico-narrador, pescadores en tránsito…

En realidad es una obra de teatro de decorados bastante espartanos, que se va interrumpiendo para que los actores de un paso al frente y ante unos micrófonos vayan dando cuenta de veinte canciones de Dylan. Personalmente –y esto ya es pura subjetividad-, te da un poco igual lo que les pase a esos personajes y la rotación de los mismos provoca que realmente no llegues a conmoverte o interesarte por sus historias, aunque los diálogos son de calidad, con algún rasgo de genio.

La elección de las canciones, que van desde 1963 al «Duquesne Whistle» de 2012, resulta curiosa. Algunas son muy conocidas: «Like a Rolling Stone» (muy bien resulta por la alocada protagonista), «Hurricane», «Jokerman» o el «Forever Young» que cierra. Pero se han desdeñado opciones tan obvias para un musical como «Knockin on heavens door» o «The answer is blowing in the wind». Por el contrario se recuperan con buen tino joyas olvidadas de los infravalorados discos de la etapa de Dylan como proselitista del cristianismo.

Tal vez el gran musical de Bob Dylan esté todavía por llegar y su médula debería ser la revolución contracultural que supuso su propia figura, algo en las antípodas de esta correcta propuesta, que está bien, pero a la que le falta esa chispa inaprensible que separa lo bueno de lo excepcional.

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